¡Ay qué niñas!

Niños migrantes, muchos de los cuales son menores no acompañados, viajaron a la frontera de los Estados Unidos para escapar de violencia y pedir asilo. ¿Alguien está escuchando sus historias?

Alice Driver | Longreads | Junio ​​2019 | 17 minutos (4,470 palabras)

AVAILABLE IN ENGLISH

“Yo con un mapa ya” anunció con firmeza Milexi, de 16 años. Me contó que su amor por los mapas le dieron la seguridad para recorrer ella sola los cerca de 2,300 kilómetros que hay entre El Portillo, Honduras y McAllen, Texas. Cuando la entrevisté en agosto de 2018, se encontraba en el Centro de Atención a Menores Fronterizos, CAMEF; su postura estaba algo rígida y su mirada fija en el luminoso patio del lugar. Llevaba partidura en medio y su cabello brillaba bajo el sol. “Mi sueño siempre fue viajar en “La Bestia””; como se le conoce al tren que atraviesa México de norte a sur, al cual los migrantes suben y bajan continuamente para conseguir trabajo y así poder costear su viaje en suelo mexicano.  A veces corren el riesgo de perder uno o dos miembros de su cuerpo si calculan mal el salto, ya sea para bajar o para subir.  Por su parte, Milexi logró llegar hasta Reynosa vestida de hombre; ahí la detuvieron y la llevaron al centro en el que llevaba ya 57 días detenida, y donde tuvo la oportunidad de hacer su solicitud de asilo en México.

Milexi se fue de Honduras porque su padrastro golpeaba a su madre y a uno de sus hermanos.

Me contó que él llevaba años golpeando a su madre, y que incluso llegó a fracturarle la rodilla a su hermanito de 11 años. Me dijo que ella empezó a cortarse desde los 7, pero que también estaba orgullosa de sí misma, porque a pesar de la ansiedad que sentía no se había cortado ni una sola vez desde el año pasado.

Después agregó un detalle: una noche en que su padrastro golpeó a su madre, ella esperó hasta que él estuviera dormido; fue a la cocina, tomó un cuchillo y lo apuñaló. “De mala suerte clavé el cuchillo en el lugar equivocado”, explicó sin pestañear. Su padrastro sobrevivió y ella decidió abandonar Honduras.

Milexi esperaba pedir asilo en Estados Unidos por motivos de violencia doméstica, quizá sin saber que las políticas de E.E.U.U. habían cambiado. En junio de 2018, Jeff Sessions, el entonces fiscal general de Estados Unidos, en una decisión titulada “Matter of A-B-” anuló un fallo de la corte migratoria que daba asilo a mujeres que huían de sus países por motivos de violencia doméstica. Un juez federal bloqueó la medida establecida por la administración de Trump, la cual ponía fin al otorgamiento de asilo por motivos de violencia doméstica. Sin embargo, la situación de los migrantes que ya lo habían solicitado por esos motivos aún sigue en el limbo y abierta a interpretación. Ashkan Yekrangi, abogado especialista en migración radicado en Orange County, dijo que las acciones de Sessions han creado un área gris en la que los jueces no están seguros de cómo manejar las solicitudes de asilo basadas en alegatos de violencia doméstica. Según Yekrangi, actualmente ” la mayor parte de los casos son rechazados, porque tanto los jueces como el Departamento de Seguridad Nacional se están basando en la medida “Matter of A-B-”.

Una habitación para niñas migrantes en la Casa Hogar del Niño en Reynosa.

Milexi no sabía nada de eso, y yo vacilaba; no sabía si debía explicarle lo que estaba pasando en E.E. U.U., o si la información le caería como un balde de agua fría que la haría sentir desolada. La fotógrafa mexicana Jacky Muniello y yo habíamos decidido que queríamos trabajar en un proyecto con niñas migrantes. Sentíamos que sus historias con frecuencia pasaban desapercibidas o que solo se incluían en algunos contextos esteriotipados; como en discusiones sobre prostitución o trata de personas. Estábamos conscientes de que lidiar con la burocracia mexicana para obtener los permisos necesarios para entrevistar y fotografiar a menores no solo sería díficil – o quizá hasta imposible-, sino que también conllevaría una serie de complicaciones éticas.  Deje hablar a Milexi, la interrumpía lo menos possible, preocupada de que cualquier traspié mío pudiera romper la confianza entre las dos. Primero habló de las maravillas de su viaje; de la libertad de viajar sola y sentirse lejos de la violencia. Sin embargo, el peso de los traumas silenciados se sentía en el aire.

Milexi llegó a Reynosa cuatro meses después de haberse marchado de Honduras. Era el mes de junio y la temperatura casi llegaba a los 40 grados. Llegó a una ciudad en donde los periodistas tienen miedo de decir la verdad. Una ciudad donde desde hace mucho los fotoperiodistas conocen de sobra sus opciones: morir en nombre de la vocación, huir de la ciudad o fotografiar bodas.  Los ciudadanos que querían enterarse de las últimas noticias se valían de una página de facebook llamada “Código Rojo Reynosa”, donde fuentes anónimas publicaban información de hechos violentos en tiempo real. Aquí y allá las paredes de la ciudad mostraban imágenes de la Santa Muerte, pintadas por sus devotos para expresar su agrado y adoración. El conocido retrato de la calavera cubierta por una túnica sosteniendo una guadaña a veces iba acompañado de la frase “No me chingues”. Aunque Milexi no sabía nada de esto al principio, es muy probable en cualquier momento la hayan despertado los tiroteos entre diferentes carteles (incluyendo facciones del Cártel del Golfo y los Zetas) y el Ejército, el cual ocupaba toda la ciudad. Con los días se percató de la presencia de soldados uniformados y con chalecos antibalas, quienes patrullaban la ciudad en vehículos blindados y con armas montadas en las torretas.

Tomás, residente de Reynosa, le pagó a un artista local hacer un mural en honor a la Santa Muerte, una santa popular en el área. Las palabras escritas junto a la boca de la Santa Muerte dicen: No me chingues.

Milexi fue arrestada cuando trataba de cruzar la frontera con McAllen, Texas. A diferencia de su cuerpo, su rostro aun tenía la redondez característica de la infancia, y sin maquillaje. Era una de los 37 menores migrantes que se encontraban en el CAMEF de Reynosa en agosto del año pasado,  y cuyas edades oscilaban entre los 12 y 18 años. Los niños en el albergue iban de un lado a otro en zapatos sin agujetas; incluso, los ojales de metal en los zapatos de algunos habían sido retirados: se trataba de una medida preventiva por parte del centro para evitar que los niños se lastimaran a sí mismos. La capacidad máxima del albergue era de 120 menores, explicó José Guadalupe Villegas García, coordinador del lugar. También comentó que “no hay espejos, porque pueden llegar a hacerse daño “.  El Centro estaba rodeado por una valla blanca custodiada por un guardia, y ningún menor podía salir de ahí hasta que se definiera su situación legal.

Tanto en México como en Estados Unidos los medios suele satanizar a los migrantes, incluso si son menores. ” Yo sinceramente esperaba encontrarme como con muchachos muy… pues muy maleados, o muchachos agresivos, o todo lo que normalmente te cuentan del estereotipo de la migración de Centroamérica”, explico Víctor Tolentino Reyes, de 29 años, artista oriundo de Reynosa que trabaja en proyectos artísticos con los niños del centro.  “Te topas con niños que van a conocer a sus papás por primera vez, que los dejaron cuando eran recién nacidos o muchachos; niños que van huyendo para salvar su vida y están en una etapa de por sí difícil para cualquier humano, que es la adolescencia o la pubertad. Enfrentarse con todo este tipo de situaciones es complejo, y ahora les toca llegar a enfrentar esta parte, estar encerrados…”. De los 12 menores que entrevisté, casi todos mencionaron lo difícil que era vivir en el Centro, y afirmaron que después de un tiempo llega un punto en que empiezan a sentirse como en una cárcel.

Isis, de 27 años, es de San Pedro Sula, Honduras e intenta consolar a su hija Linda, de cuatro años, que está triste porque no puede salir del espacio cerrado de la Casa Hogar del Niño.

En 2018, más de 30,000 menores provenientes de Honduras, Guatemala y El Salvador fueron de detenidos temporalmente en México en centros como el CAMEF. En un periodo de cerca de dos semanas en enero de 2019, cerca de 3,000 menores cruzaron la frontera entre Tecún Umán, Guatemala y Tapachula, México.  Adolescentes, niños y niñas son retenidos en estos centros por su propia seguridad, ya sea por el riesgo que corren de ser secuestrados por grupos criminales, o  porque la deportación de un menor que ha experimentado algún tipo de abuso físico, sexual, o que ha recibido amenazas de pandillas, podría significar su muerte.

Algunos de los menores son detenidos en México, mientras que otros son capturados en Estados Unidos por la patrulla fronteriza y deportados. De acuerdo con el Pew Research Center, el número de detenciones de menores sin la compañia de adultos en E.E.U.U. aumentó sustancialmente entre junio de 2017 y junio de 2018.  Por ejemplo, si jóvenes migrantes como Milexi se quedaran por su cuenta en Reynosa, es muy probable que sufran violencia a manos de grupos criminales o sean víctimas de secuestro y venta para prostitución.  Por su parte, el Centro hace lo posible por identificar a sus padres o parientes para poder entregarlos a sus familias. Una vez que esto sucede, los menores son llevados a sus países de origen (a menos que sean ciudadanos mexicanos; si ese es el caso, entonces pueden permanecer en el centro hasta que cumplan 18 años, edad legal para que decidan por ellos mismos). Esto significa que algunos menores llegan a pasar meses o incluso años en el Centro.

El CAMEF en el que Milexi se encontraba es uno de los tantos que hay en México, los cuales que están a cargo del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, DIF, que entre muchos otros programas, ofrece albergue seguro a menores indocumentados que han sido detenidos por las autoridades mexicanas o deportados a México desde Estados Unidos. Según el Migration Policy Institute, cerca de 25,000 menores fueron repatriados en 2015 y, en el transcurso de 2018, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos reportó que cerca de 50,000 menores fueron detenidos en la frontera entre los diferentes puntos de entrada.

Jacky y yo obtuvimos el permiso para visitar el CEMAF y la Casa Hogar del Niño en Reynosa, un albergue para menores y sus madres o parientes mujeres. La única condición que nos pusieron fue que solo usaríamos nombres de pila y no fotografiaríamos a los niños sin el permiso por escrito de sus madres o familiares, en caso de que estuvieran acompañados. En junio de 2018 me habían negado el acceso al CAMEF de Nuevo Laredo. El director de ese centro había declarado que no podía arriesgar que la prensa hiciera reportajes negativos en temporada de elecciones, mismas que tendrían lugar el mes siguiente.  Los directores de ambos centros en Reynosa comentaron que tenían miedo de que los periodistas fueran muy críticos de las condiciones del lugar; y aunque solo aceptaron que les hiciéramos una entrevista breve, nos permitieron entrevistar a los menores migrantes durante casi una hora diaria en el periodo de una semana.

* * *

En la Casa Hogar del Niño entrevisté a dos niñas de 8 años; era la primera vez que trabajaba con sujetos tan jóvenes. Karen, sentada muy erguida, me dijo que no sintió miedo al atravesar Centroamérica. En sus orejas pequeñitas llevaba unos aretes dorados y estaba en cuclillas junto al árbol en el área de juegos, la cual se encontraba rodeada por una pared baja decorada con las huellas de las manos de los pequeños migrantes. Karen era de Tepec, Guatemala, y sus padres vivían en Estados Unidos. Me dijo que había viajado hasta Reynosa acompañada de su prima de 7 años. No me dio más detalles. Cuando le pregunté por cuánto tiempo había viajado, ella contestó ” día y noche “. Me pregunté hasta qué punto registraba los detalles de su viaje, y si habría podido procesar todos los cambios que se dieron en su vida desde que dejó Guatemala.

De pie y recargada al lado de Karen estaba Katerin, también de 8 años. Ella había viajado a E.E.U.U. con su madre para reunirse con su padre. Katerin contó que ella y su padre vivieron en Florida unos meses antes de que fueran capturados y deportados. Su padre estaba detenido en otro centro en Reynosa. Cuando le pregunté si quería solicitar asilo en E.E.U.U. me dijo: ” no lo sé “. Luego, en el disperso estilo de una niña que a pesar de todo no pierde el sentido de lo que pasa a su alrededor, me explicó: “nosotros vamos a regresar a nuestro hogar, porque mi abuelita estaba con mi abuelito y dos de mis tíos y un tío que tiene la tienda; y mi mamá se quedó triste porque se murió su primo y nosotros no sabíamos, pero una muchacha le habló a su mamá de su primo y le dijeron que el primo había fallecido por eso; y yo quiero hablar con mi abuelita pero no sé si me van a dar una llamada para hablar con ella. ” Karen y Katerin permanecían en silencio, muy cerca una de la otra. Su postura ahora parecía relajada y su amistad en ciernes. Se levantaron y fueron en dirección a un grupo de niños que estaba en la cerca; sus dedos regordetes sujetaban el barandal de la misma y sus miradas apuntaban a un muro que se encontraba a lo lejos, más allá de la valla. Antes de irme del albergue le pedí a las madres de las niñas que firmaran un permiso de entrevista y fotografía. Ni Karen ni Katerin contaron una historia coherente, pero me compartieron lo que pudieron. Cuando Karen escribió su nombre lo hizo totalmente concentrada, sus letras eran deliberadamente cuadradas, como las de alguien que está aprendiendo a escribir. Había obtenido el permiso de la Casa Hogar para entrevistar a Karen y, del mismo modo, había obtenido cualquiera que sea el tipo de consentimiento que alguien de 8 años puede dar.

Mientras estaba en la Casa Hogar para Niños también conocí a Erika Izabel, de Trujillo, Honduras, que se encontraba sentada cerca del área de juegos junto a sus hijas Erika, de 10; Ashley, de 7; y Tifany, de 4 años. Me dijo que se fue de su país ” más que todo por violencia doméstica “.  Según un reporte de 2015 de las Naciones Unidas, la violencia doméstica es el crimen más reportado en Honduras, pero son pocos los abusadores que son llevados a la corte. El hermano de Erika le dio $500 dólares para ayudarle a pagar su comida y los boletos de autobús, para que no pusiera en riesgo la vida de sus hijas. Su esposo también le dio dinero y le dijo: ” sigue tu camino, aquí nada te detiene”. Su hija mayor, alta y larga como espiga, estaba perdida en sus pensamientos mirando hacia el patio de juegos. Ashley, que llevaba el cabello en una trenza francesa, se pegaba al costado de su madre; y me dijo que no tenía miedo de estar en México porque “ya no quería estar ahí”, refiriéndose a Honduras. Tifany corrió hasta su madre con los ojos llenos de lágrimas y una especie de ataque de hipo; sus rizos temblaban junto con ella y luego susurró con voz entrecortada: “extraño la escuela”. Su madre, incapaz de aguantar la tristeza, levantó los ojos al cielo.

Tifany, de cuatro años, emigró con su madre Erika Izabel y sus dos hermas de Trujillo, Honduras a Reynosa, México. Ella, su madre y sus hermanas se quedaron en la Casa Hogar del Niño mientras solicitaban asilo en México.

A Erika también le preocupaba que las niñas perdieran clases; ” ellas son muy inteligentes, me llevan buenas notas, es lo único que a ellas les preocupa, perder el año de la escuela. Pero entonces cuando yo he pensado, tal vez en la desesperación, pedir la deportación, ellas me dicen al momento que no, que ellas no quieren volver a la casa “. Su hija mayor y también tocaya empezó a llorar; secándose las lágrimas, la niña me contó que su padre era muy violento con su madre:

“le pegaba mucho, le decía que la quería matar”. Erika, la madre, mencionó que las niñas recordaban todo; incluso la más pequeña llegó a decir: “mi papá es malo”.

Liliana, de 19 años y originaria de La Unión, El Salvador, me dijo que había vivido en la Casa Hogar para Niños desde los 17 años, cuando llegó con su hijo Josef, que en ese entonces tenía apenas unos meses de haber nacido.  Los dos pasaron dos años en el albergue debido a que su primera solicitud de asilo en México había sido rechazada. La Casa Hogar, por su parte, temiendo que fueran asesinados si los deportaban, les dieron el apoyo necesario para apelar la sentencia. Josef se había pasado la calurosa tarde jugando en el columpio, y ahora dormía en los brazos de su madre. Liliana llevaba su cabello castaño dorado recogido en un chongo, pero los rizos se escapan a la altura de su nuca. Tenía puesto un colorido top tipo halter y se encontraba sentada en el pasillo que conectaba el área de juegos con los dormitorios.  Me contó que conoció al padre de su hijo cuando tenía 15 años. Se trataba de un hombre de 35 años miembro de la pandilla MS-13. ” Era violento, siempre” dijo, abatida al relatar cómo él la golpeaba cuando estaba embarazada. Su madre había emigrado a E.E.U.U. cuando era muy joven, dejándola encargada con un hermano. “No había quien, no tenía familia”, explicó, mientras mecía a Josef en sus brazos. Me contó que en El Salvador era común que hombres mayores salieran con chicas menores de edad. Explicó que aunque se puede hacer una denuncia, el hecho es tan natural que incluso la policía considera normal que se den este tipo de relaciones.

“Todo el tiempo que estuve con el papá del niño yo no me comuniqué con mi mamá porque él no me dejaba, yo no tenía teléfono, no tenía internet, no tenía nada” relató Liliana. Vivía con su novio, el hermano de él –también miembro de la pandilla- y su esposa. Liliana podía recordar cómo su cuñado estrangulaba a su pareja con un cable eléctrico hasta dejarla inconsciente. Situaciones como esta llevaron a Liliana a solicitar asilo en México, pero debido a la falta de documentos que probaran que había sido víctima de violencia doméstica, la solicitud fue denegada.  El personal del albergue siguió cuidando de ella y de Josef durante el proceso de apelación; estaban totalmente conscientes de que sin su ayuda, Liliana estaría en las calles de Reynosa con un pequeño en brazos y sin poder trabajar debido a su situación migratoria.

Un migrante menor de edad que viajó no acompañado a través de Centroamérica se sienta en un marco de literas en El Centro de Atención a Menores Fronterizos.

* * *

Como en el caso de Milexi; tanto Erika y sus hijas como Liliana y su hijo tenían la esperanza de solicitar asilo por motivos de violencia doméstica. El día que entrevisté a Milexi, en agosto de 2018, estaba cumpliendo tres meses de su llegada a Reynosa, y aun se encontraba en espera de recibir asilo en México. No tenía idea de cuanto tiempo más tendría que pasar. Me contó que su sueño siempre había sido viajar en La Bestia, afirmó: “a mí como que me gusta bastante la adrenalina”. Milexi me contó que inicialmente no pensaba que el viaje en La Bestia fuera a ser ni tan fácil ni tan difícil. Luego enumeró todas las cosas de las que fue testigo a lo largo del viaje: la violación de una chica, el asesinato de un muchacho, y la caída de dos miembros de una pandilla; que murieron triturados por las ruedas del tren tras haber sido empujados.  Y relató lo siguiente: “incluso me tocó ver una violación a una jovencita… la violaron ahí, le hicieron… ¡ay, pobrecita! Enfrente de todo el mundo, enfrente de todos los hombres. Obviamente yo no quise ver, porque ¡qué feo! En el tren le hicieron… no, horrible. Fue tanto que pasaron ocho por ella, fue tanto así que toda la cabina estaba llena de sangre, y hasta los tubos donde uno se baja del tren también lo llenaron de sangre. ”  Su rostro se tornó inexpresivo al hablar de la violación. Lo último que vio fue lo mal que había quedado la chica y que nadie quería ayudarla.

Milexi señaló que en el vagón en el que iba, la víctima de violación había sido la única otra chica presente. Esta última viajaba con un muchacho, me explicó, y luego agregó: ” pero ahí hay reglas”. Me contó que antes de subir al tren un grupo de 12 muchachos les dan a los migrantes una especie de plática, en donde les comunican las reglas para viajar en La Bestia:

  1. Ninguna pareja debe viajar junta en el mismo vagón
  2. No deben besarse, tocarse o abrazarse
  3. No insultar
  4. No robar

Milexi me dijo que todos tenían que respetar las reglas, y luego añadió: “pues esa muchacha falló, dudo que se haya salvado”. Comentó que la chica y su novio se besaban continuamente y que ella “traía ropa muy llamativa”. Milexi, en cambio, iba vestida de hombre ” a mí…yo creo que nisiquiera me reconocieron que era mujer”, dijo.

Después, con calma, sin pausas y sin cambiar su tono de voz, comenzó a describir otro ataque que le tocó presenciar. Uno de los miembros de la pandilla le exigió a un migrante que le entregara su dinero y todas sus pertenencias, a lo que el migrante respondió “¿y yo por qué te tengo que dar mis cosas si vengo sufriendo? ¿por qué te las tengo que dar?”. El pandillero le contestó: ¿quién te crees? ¡pinche puto!; acto seguido sacó su navaja y le cortó todo el cuerpo. Milexi me dijo que aun recordaba el sonido de la sangre al caer, algo como un psst psst. Al ver esa escena permaneció ahí sentada, inmóvil, convencida de que sería la próxima víctima, hasta que los chicos con los que viajaba le dijeron: “¿qué haces? ¡estás demente! Te van a hacer algo, no puedes estar viendo eso”. Milexi confesó: “yo no podía hablar, sentía inflamada la garganta, no podía hablar con lo que acababa de pasar, me quedé… sentí shock, me quedé en shock…”.

En otro momento de la entrevista, me contó que los miembros de una pandilla empezaron a perseguirla a ella y a sus compañeros por todo el tren. Les gritaban: “¡párense, hijos de su chingada madre!”. Milexi y los chicos con los que viajaba corrieron de vagón en vagón. Uno de ellos se volteó hacia ella y le dijo que se adelantara. Cuando los pandilleros alcanzaron al muchacho, éste golpeó primero a uno, que se cayó de las escaleras y terminó entre las llantas del tren. Luego el muchacho se acercó al otro pandillero y lo empujó del tren. Ella recuerda haber gritado: “¡ay, ya se va a caer!”, y describió cómo parecía que el tren devoraba poco a poco al caído; empezando por sus pies, mientras el resto de su cuerpo se estremecía.

Milexi me platicó que se quedó sin dinero justo después de haber llegado a Monterrey en La Bestia. La primera persona que vio fue una mujer joven que estaba barriendo. Se acercó a ella y le dijo:

“Hey, jefa ¿le ayudo a barrer, le ayudo a asear?”. A cambio de su ayuda, Milexi le pidió a la mujer que le diera un boleto para llegar al centro de la ciudad. La mujer respondió, ” Ay sí claro hija, pasa”, inmediatamente Milexi empezó a trapear y lavar ropa. Después, al llegar al corazón de la ciudad, Milexi vio a un hombre que estaba cortando piezas de pollo. Se ofreció a despellejar los pollos. Como pago por su trabajo, el hombre le dio 50 pesos ($2.50 dólares) y una llamada gratis. Llamó a sus vecinos en Honduras, a quienes les pidió que fueran a ver si encontraban a su madre, pues esperaba hablar con ella. Antes de ir a buscar a su madre, el vecino le dijo: “¡Ay qué niña! ¡Hasta donde llegaste! Has llegado a donde muchos hombres no han podido llegar”.

Decidió quedarse en Monterrey y tratar de ganar algo de dinero para poder comprar el boleto de autobús que la llevaría a la frontera. Consiguió trabajo de vendedora de chiles en el mercado local; tenía que levantarse todos los días a las 3 de la mañana. “Escuché a mi familia decir que estaban muy orgullosos de mí, y mis planes son traer a mi mamá para aquí y a mi hermanito, al menor” dijo, y añadió: “para que se puedan alejar de mi padrastro, porque es como un súper espía”. Después de pasar varios meses en Monterrey y haber logrado ahorrar algo de dinero, decidió ir a Reynosa con la esperanza de cruzar hacia Estados Unidos. Me confesó estaba preocupada de llegar a la frontera; le preocupaba encontrarse grupos criminales, no hallar lugares para dormir, y que la capturara la migra. Sin embargo, más allá de esos miedos, me habló de sus sueños: quería obtener un título universitario, le fascinaban las ciencias de la computación, y estaba interesada en unirse a las fuerzas armadas.

Sentada en el patio del CAMEF, salpicada por la luz del sol, Milexi me mostró la suave piel de sus muñecas, pude ver cientos de líneas finas, una sobre otra; cicatrices que ella misma se había hecho. Quería contarme la historia de su dolor, así que después de envolver su muñeca en una toalla se bajó el lado izquierdo del pantalón para mostrarme las oscuras marcas de los cortes que se había hecho en el muslo, entretejidas con cicatrices un poco más recientes.  Empezó a cortarse justo después de que su padrastro comenzara a abusar sexualmente de ella. Después de un tiempo decidió confesarle a su madre sobre el abuso que sufría, pero ella “me abofeteó y me dijo que yo era una puta y una ofrecida”, explicó Milexi, con la mirada fija en el horizonte.

Milexi se encuentra en un dormitorio en El Centro de Atención a Menores Fronterizos (CAMEF) mostrando las cicatrices que hizo cuando comenzó a cortarse a los siete años.

La huída de casa de Milexi significó también su primera vez fuera de Honduras y su fascinación por los paisajes de Guatemala y México. Me dijo: “fue muy hermoso viajar en “La Bestia”. Me encantó, sino hubiera sido por tantos crímenes y asaltos y todo eso yo lo vuelvo a hacer. Si yo me fuera a Honduras y me dijeran “¿te mandamos de nuevo?” ¡uy! Yo encantada. Yo sólo por lo que vi, hay tanta violencia en Honduras y en mi casa, que ya está uno acostumbrado”Cuando le di a Milexi su formulario de consentimiento, noté que al escribir su nombre dibujaba pequeños círculos en vez de puntos sobre cada i; mientras que las cursivas en su rubrica se ondulaban con control y sutileza.

Al igual que Liliana y su hijo y Erika y sus hijas, Milexi había logrado sobrevivir más violencia en casa de la que podamos imaginar. Todas tenían la esperanza de solicitar asilo en E.E.U.U por motivos de violencia doméstica; pero incluso si les dieran la oportunidad de hacerlo, aun no se sabe con certeza si el personal a cargo procesar las solicitudes de asilo en Estados Unidos escuchará sus historias. Los dedos de Milexi recorrían su muñeca suavemente, tocando las cicatrices autoinfligidas que la ayudaron a sobrevivir. Luego me miró a los ojos y dijo: “tengo la fe de que saldré adelante. Esto es momentáneo”.

* * *

Alice Driver es una periodista y traductora freelance con sede en la Ciudad de México. Ella es la autora de More or Less Dead, y ella es un 2017 Foreign Policy Interrupted Fellow. Su trabajo ha aparecido o está por venir en The New York Times, Outside Magazine, The Atlantic, Oxford American, Lenny Letter, The Guardian y Pacific Standard.

Editor: Mike Dang
Fotógrafo: Jacky Muniello
Comprobador de hechos: Matt Giles
Editor de copia: Jacob Gross
Traductora: María Ítaka